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Into The Woods. Disney vs. Disney.

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Lo confieso, soy de la generación Disney. La primera película que vi en el cine fue Parque Jurásico, la segunda El Rey León y la tercera Pocahontas. De todas ellas, me dió pena salir del patio de butacas para abandonar esos mundos y pisar sobre el asfalto madrileño. Y es que hay que reconocer que el mundo es mucho más bonito cuando tienes un sauce llorón al que contarle tus movidas, que suelta hojas doradas al viento, o un sabio mandril con quien poder sentarte a mirar las estrellas a falta de abuelo o el típico animal positivo que siempre te canta canciones para alegrarte la existencia, ya sea un facochero y un suricato que te cantan Hakuna Matata, el perezoso de Ice Age, el burro de Shrek o el muñeco de nieve de Frozen.

Y he disfrutado en plenitud de la magia Disney, de ver los VHS desde Fantasía en adelante, de visitar Disneyland en Orlando, la tienda Disney en la quinta avenida de Nueva York y hacerme la foto con el abrigo de Cruela de Vil o comprar los peluches mejor fabricados que he tenido, el espectáculo sobre hielo de La Bella y La Bestia y llevarme de recuerdo a Chip, la tacita de té rota feliz, las canciones de Frozen en Spotify…

También he tenido mi etapa de rebeldía, del “esto no es Bambi” e incluso de escribir mi propio poema, en inglés, que a continuación copio:

Fuck you, Disney
For the World you taught doesn’t exist,
For the illusions of death to us part,
For believing soulmates are for each one of us,
For perfect faces to fall in love.

Fuck you, Disney
For a World with an entrance fee,
For a fantasy with a season pass
For a merchandised dream land.

Fuck you, Disney
For hope is all I hold
For devastation after expectancies not made
For a love that doesn’t correspond.

La verdad que el segundo párrafo tiene la ironía muy bien puesta.

Ayer vi Into The Woods con grandes actuaciones de Meryl Streep que nunca defrauda ni cantando. De expresión camaleónica y detallista de pies a cabeza, con una belleza peculiar que trasciende las arrugas en su rostro y nace de su actitud. No la conozco personalmente, pero siempre logra transmitir incluso en las entrevistas. El otro personaje digno de mención es el chavalín que hace de Jack y las Judías, Daniel Huttlestone, con una voz llena de color, así como Lilla Crawford en el papel de Caperucita Roja. Es evidente que es más fácil buscar voces talentosas entre un casting de niños que entre papeles para adultos donde pesa más el nombre del actor que su talento musical.

La película empieza entrelazando cuentos paralelos unidos por la maldición de una bruja, con cada personaje cantando lo que desean y el guión se desarrolla como cualquier cuento de comieron perdices y vivieron felices hasta la mitad de la película.

***SPOILER*** Cuando crees que la historia ha terminado, el cuento sigue. Y sigue para los adultos. Claro que uno ya debería haberse dado cuenta de la ironía en la historia durante la canción a dúo de los dos príncipes, en concreto cuando uno se abre la camisa, y el otro le mira y se la abre también de la forma más falsa. El desengaño amoroso de Cenicienta, el beso de la mujer del panadero con el príncipe y su posterior fallecimiento, la muerte de la madre de Jack (pero de esto ya estábamos curados en salud gracias a Bambi), el rechazo del panadero al ser padre viudo, Caperucita huérfana y la duda de Jack sobre si perdonar la vida al gigante que les acecha. En fin, la vida misma, que no es ni blanca ni negra, sino un espectro de grises.

La moraleja y el guión se completa al final de la película, cuando cantan “No one is alone” lo que serían los adultos hacia los niños y de la cuál debemos quedarnos con las siguientes frases:

“Nadie está solo; de verdad, nadie está solo.”

“La gente comete errores. Padres, madres, la gente comete errores.”

– “Las brujas pueden tener razón, los gigantes pueden ser buenos. Tú decides lo que está bien y lo que no”

Y ya como colofón final, por si no había quedado clara la moraleja, la canción de “Children will listen”, donde aquí ya no es el mensaje del adulto hacia el niño sobre lo que la vida verdaderamente es, sino un mensaje de Disney hacia los adultos:

“Cuidado con las cosas que dices, los niños escucharán. Cuidado con las cosas que haces, los niños verán y aprenderán. Guíales por el camino, los niños escucharán. Los niños mirarán hacia tí para ver qué camino tomar, aprender qué ser. Cuidado antes de decirles “escúchame”, los niños escucharán. Cuidado con lo que desees, los deseos son niños. Cuidado con los caminos que tomes, los deseos se convierten en realidad pero no son gratis. Cuidado con hechizos que lances, no sólo en niños. Algunas veces estos hechizos pueden durar, más allá de lo que puedas ver, y girarse contra ti. […] ¿Qué le dejas a un hijo cuando mueras? Sólo las cosas que le metiste en su cabeza”.

Disney, que empezó jugando en blanco y negro con Pluto y el Pato Donald y poniendo animación a grandes composiciones orquestales en Fantasía; compañía a la cual se la ha acusado de incluir elementos fálicos subliminales en películas como en Aladín (lo sé porque yo hice un trabajo para la universidad sobre esto) se reinventa ahora para decir “No me echéis las culpas a mi por la educación de vuestros hijos, es responsabilidad vuestra”.

Pero como dije antes, la vida ni es blanca ni es negra, sino gris, y en saber apreciar lo bueno de cada cosa está la virtud. Disney ha creado más magia por el mundo que David Copperfield. Ser capaz de apreciar la fantasía sin perderse en ella enseña a ver el mundo con buenos ojos, a admirar las cosas bonitas que dilatan las pupilas y abren sonrisas, apreciar cuando alguien tiene buen corazón sin olvidar que hay que caminar con paso firme y templanza cuando las cosas no son como desearíamos.