Creer en uno mismo

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Cuando me presenté a delegada de la clase en sexto de primaria, claramente no era la favorita. Beatriz Botella, la otra candidata, era mucho más popular y yo en cambio era esa chica más bien callada que pasaba desapercibida. Cuando empezó sexto de primaria, era también el año en el que cambiábamos de edificio en nuestro colegio para estar con los mayores. Si había un año en el que ser delegado era importante, era ese, porque era el año en el que empezabas a formar parte del mismo edificio que los antiguos alumnos de COU que te sacaban seis años. Así que, cuando la profesora dijo que quien quisiera presentarse a delegado tenía 5 minutos para preparar un discurso que presentar a la clase para las votaciones, no lo dudé un segundo. Yo quería formar parte de la toma de decisiones y creí en que estaba capacitada para representar a mi clase. En aquel momento descubrí que se me daba bien dar discursos y hablar en público, hecho que años más tarde quedaría confirmado sacando un 10 en la asignatura de Speech en la universidad americana. En cinco minutos escribí un discurso convincente. Beatriz Botella, la popular de clase, había escrito sólo cuatro líneas, mientras que yo en cambio rellené un folio entero con razones por las cuales sería mejor delegada. Gané por mayoría absoluta contra todo pronóstico. La clave: creí en mi misma.

La segunda vez que sorprendí a mis compañeros de colegio fue al curso siguiente. Era 1º de ESO y aún tenía 12 años -Fue el año en el que empecé a entrenar triatlón- y los alumnos de mi clase decidimos preparar la obra de teatro de West Side Story para la asignatura, que luego representaríamos delante de todo el curso. Era de mis musicales favoritos, me lo conocía de memoria porque tenía el VHS en casa y no podía desaprovechar la oportunidad de tener uno de los papeles protagonistas. Así que cuando la profesora preguntó quién quería ser Anita y mis compañeras aún se dedicaron a mirar cuántas frases tenía Anita en la obra, yo ya había levantado la mano la primera y me lo adjudicaron. No obstante, yo aún no era de las que más participaba en clase, por lo que se dudaba de que fuera a hacer bien un papel protagonista. Pero llegó la escena de “I Want To Live In America”, con un sólo de Anita y cuándo empecé a cantar en el centro del escenario y a bailar y a dar vueltas de un lado a otro mientras soltaba aquellos versos, sorprendí a la clase, me gané la confianza de mis compañeros y la profesora de matemáticas María Teresa alucinó porque me tenía por tímida. La clave: creí en mi misma.

En el mundo del deporte gustan mucho las teorías del si se nace o se hace, del VO2máx, los test de ácido láctico y los watios que se mueven en bici. Yo, francamente, no tengo ni idea de cuales son mis valores, ni de si son buenos, ni de si tengo genética o no. Sólo sé una cosa, que cuando he creído en mi misma, he tenido resultados, y cuándo he dejado de creer, he dejado de tenerlos. En mi opinión, sólo hay una receta para el éxito y es esa. La disciplina y el sacrificio vienen solos sin esfuerzo cuándo se cree en lo que haces.

A nadie la gusta limpiar o recoger los platos de una comida, pero el otro día me encontré a mi misma ayudando a mi abuela tras una comida, concentrada en lo que hacía sin esfuerzo porque en ese momento estaba creyendo en lo que hacía. Sea lo que sea, cuando crees firmemente en lo que haces, no existen las dudas, y si no dudas, no te planteas otras alternativas, por lo tanto no eres consciente de que estás esforzándote en algo o sacrificándote porque el sacrificio implica la consciencia de aquello que se sacrifica o se deja de lado (y eso aporta negatividad no deseada).

En el pasado he tenido la suerte de poder observar como gente con grandes resultados deportivos entrenaba, gente de la talla de Javier Gomez Noya o Bárbara Riveros, y yo no destacaría sus cualidades técnicas o genéticas, a las cuales se les pueden sacar defectos, sino más bien destacaría su implacable actitud entrenando diariamente, los pequeños detalles, la rutina, aquella que puede aburrir, aquella que puede dar pereza pero que ellos repetían cada día porque creían firmemente en ella.

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